
Cuando se trata de depósitos, préstamos u otros productos bancarios, suele aparecer la palabra TAE, siglas de Tasa Anual Equivalente o Tasa Anual Efectiva. Todos estamos familiarizados con estas siglas, pero, ¿qué es realmente la TAE?
La TAE es el resultado de una fórmula matemática que incorpora el tipo de interés nominal, las comisiones y el plazo de la operación, es decir, es lo que nos ayuda a saber qué rentabilidad real tendremos en un depósisto si lo mantenemos durante un año o cuánto pagaremos de intereses si el plazo del crédito fuera de un año.
El TAE se está unos puntos por debajo del tipo de interés en el caso de los productos ahorro y unos puntos por encima en el caso de los préstamos.
En los productos de ahorro, principalmente en los depósitos, la TAE recoge las liquidaciones de pago. Si invertimos el dinero a un plazo de un año, éste generará diferentes ingresos dependiendo de si el interés lo cobramos junto con el capital al terminar el periodo o lo cobramos periódicamente, en plazos mensuales, trimestrales o semestrales. Por ello, si podemos disponer de ese dinero antes del fin del plazo y reinvertirlo al mismo tipo de interés que el capital original, supone un interés adicional.
En los préstamos, la TAE representará no sólo el tipo de interés nominal sobre la cantidad recibida, sino también la comisión de apertura, es decir, lo que nos cobrar por tramitar el crédito y la de cancelación anticipada, es decir, la que abonaremos si decidimos cancelar el préstamo total o parcialmente antes de que termine el plazo.
La TAE es un buen dato cuando queremos comparar diferentes productos financieros, aunque por sí misma no basta, ya que no incluye gastos adicionales como los gastos notariales, impuestos, etc.























































